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Más I+D para sumarse al despertar industrial de Europa

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La Agenda Estratégica Europea hasta 2027 quiere crear un entorno que permita al sector industrial ser competitivo sin dejar de cumplir el Pacto Verde, pero eso implica innovación para cerrar la brecha tecnológica con los líderes y adaptar las organizaciones.

La conjura definitiva en defensa de la industria tuvo lugar a principios de año en la sede del gigante químico BASF en Amberes (Bélgica). “Si cae la industria, colapsa Europa”, había dicho el exprimer ministro italiano Enrico Letta, autor del informe sobre el mercado único europeo presentado en abril, en una reunión del Consejo Europeo.

A las instalaciones de BASF acudieron 70 CEOs de grandes empresas industriales, además de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el primer ministro belga y presidente de turno en aquel momento de la UE, Alexander de Croo, y el propio Enrico Letta.

El resultado fue la Declaración de Amberes, concebida como el punto de inicio del nuevo Industry Deal europeo, la palanca para asegurar la competitividad de un sector industrial obligado a cumplir los requisitos del Pacto Verde, en un contexto de altos precios de la energía e inestabilidad en la cadena de suministro, sin sucumbir a la presión de los productores de países como China y Estados Unidos, apoyados por fuertes estímulos públicos.

En España, la CEOE estima que el conjunto de la economía tendrá que invertir en torno a 270.000 millones de euros para cumplir con el objetivo de emisiones cero de 2050. A la industria le corresponden entre 70.000 y 100.000 millones de esa factura, y para conseguirlo necesita dar un salto cualitativo sustancial, porque no puede generar ese volumen de inversión con su actual estructura de negocio. Tiene que incrementar la productividad y la velocidad, y eso implica una apuesta por actividades de mayor valor añadido.

Brecha tecnológica

El informe The EU’s Critical Tech Gap, elaborado por Digital Europe, dibuja un panorama desolador de la economía de la UE y su competitividad tecnológica. En ámbitos clave, como los semiconductores avanzados, se encuentra a un 45% de las mejores prácticas mundiales, y en el caso de la inteligencia artificial, apenas llega al 53% del top actual.

En biotecnologías de la salud y computación cuántica la brecha respecto de las mejores prácticas mundiales es también sustancial, apenas se alcanza el 57%. Cuatro puntos más arriba se encuentran las tecnologías energéticas, aunque llegan sólo al 61% del comportamiento de los países más avanzados, y no es mucho mejor el resultado para las tecnologías del espacio y la fabricación aditiva: están al 69% del nivel de los líderes.

Hace falta una respuesta de urgencia, un tratamiento de choque para la industria. La conjura de Amberes ha tenido su reflejo en la Agenda Estratégica Europea (2024-2029) aprobada por el Consejo Europeo, en la que se establece el plan de actuación que determina los objetivos de la UE en el próximo ciclo legislativo.

Entre sus puntos clave recoge el desarrollo de un mercado único y el aumento de la competitividad, para posicionar a Europa como líder global en industria y tecnología. Hay que hacer compatible este objetivo con la transformación de Europa en el «primer continente climático neutro».

El contenido de la Agenda, que en lo concerniente al sector sienta las bases de lo que colectivos empresariales como el químico en España agrupado en Feique describen como un auténtico Industry Deal, incluye la potenciación del mercado único, considerado como un motor a largo plazo de la prosperidad y la convergencia», especialmente en los ámbitos de energía, finanzas y telecomunicaciones.

Desde la perspectiva de la acción política, la Declaración de Amberes no planteaba una reedición del formato actual de fondos NextGeneration, sino la agilidad administrativa. El Gobierno español trabaja, de hecho, en un proyecto piloto de Sandbox para experimentar con nuevas formas de tramitación. Un permiso de fabricación en nuestro país, una vez conseguida la autorización ambiental, puede retrasarse dos años, pese a que la ley establece plazos de seis meses, mientras la competencia en China actualiza los componentes del automóvil cada tres meses.

Europa podría sofisticar las restricciones a la entrada de mercancías de terceros países, evitando abusar de los aranceles. Hacerlo podría abocarla a batallas comerciales internacionales muy duras, como se ha puesto de manifiesto cuando ha intentado usar ese mecanismo para encarecer las ventas de vehículos eléctricos chinos.

Pero sí será más contundente en la imposición de controles sobre la sostenibilidad de los productos que importa, que no se vendan como verdes si en su proceso de fabricación no se ha cumplido con la normativa europea. China tiene ante sí el desafío de la internacionalización de sus empresas, que implica producir fuera de su territorio y de su favorable entorno regulatorio. Previsiblemente esto igualará las fuerzas.

La reindustrialización no es ya un objetivo estrictamente económico o un simple problema de redistribución de recursos, sino que es también un asunto clave para el mantenimiento de los niveles de bienestar que ofrece Europa. No se trata únicamente del nivel de formación y de especialización que requiere el sector entre sus profesionales, sino también de la realidad de que un trabajador industrial aporta cada año a la Seguridad Social tres veces más que el de numerosas actividades más intensivas en empleo hoy.

El control es la clave

La tecnología podría jugar, en ese sentido, a favor de Europa, si sabe mover sus cartas. La fabricación de cobots, por ejemplo, se ha disparado en China y eso está provocando una bajada de precios. Pero la clave hoy en un sector tan sofisticado ya no es tanto el hardware o el motor, sino el control, es decir, la inteligencia. Y aquí es donde los fabricantes europeos son líderes, en control definido por software para los cobots. No construimos los robots, pero están usando nuestro equipo y nuestros componentes en ellos. Y el crecimiento de la demanda es enorme.

Gracias a la inteligencia artificial industrial, Europa realmente puede marcar la diferencia porque mantiene una posición fuerte en las ventas B2B. Compañías industriales fabricantes de bienes de equipo están apostando por transformarse para proporcionar las soluciones en forma de bloques de Lego. Piezas de hardware y software que se van combinando para construir soluciones personalizadas.

En clave interna, las empresas deben adaptar sus organizaciones al nuevo modelo que va a requerir la reindustrialización. Cuando, junto a una gráfica que mostraba el desplome del 54% del valor de su compañía en el último año, el CEO de Bayer, Bill Anderson, enunció en una entrevista en la CNBC los “desafíos clave que limitan nuestra flexibilidad”, citó “una cantidad desmesurada de burocracia” (no pública, sino en su propia empresa) que se interpone en “el camino de la gente de Bayer para poder hacer su trabajo todos los días”.

En lugar de las 11 capas de jerarquía actuales, que deciden qué se hace y qué no se hace, su apuesta consiste en poner en marcha un modelo de gestión que denomina propiedad compartida dinámica. Se trata de “dejar el 95% de la toma de decisiones en manos de la gente que está haciendo el trabajo”. Es un cambio total de enfoque, de ahí la decisión de mantener la compañía en su integridad: “no podemos hacer eso y al mismo tiempo estar rompiendo la empresa en pedazos”.

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